La profesión más difícil

En sociedades como la nuestra, que gustan darse aires de progreso, pero que en la práctica prefieren el respaldo y la dirección de las ideologías más tradicionales, el que una mujer rechace la maternidad todavía es objeto de críticas, recomendaciones no pedidas o expresiones de conmiseración.

“Nunca te vas a sentir plena”, “¡Te vas a quedar sola!”, “Criar hijos no es fácil, pero es una bendición” o “¿Quién te va a cuidar cuando seas mayor?” son algunos de los comentarios que escucho con más frecuencia cuando digo que no pienso tener hijos. Los de pensamiento más “moderno” han tenido a bien proponer que considere alternativas como la adopción o la fecundación in vitro, asumiendo que si no soy mamá es porque ya “se me fue el tren” o “me quedé para vestir santos”.

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No obstante, para mí el no ser madre es una decisión semejante a no haber sido cocinera, médico, deportista, militar o cualquier otra de las miles de profesiones que no elegí, por quedarme con la que disfruto y ejerzo. Y la razón por la que no elegí la profesión de mamá es la misma por la que no me decidí por tantas otras; falta de vocación y aptitudes.

Sí, yo creo que la maternidad, y la paternidad, dicho sea de paso, es ante todo una vocación; una actividad que te sientes llamada o llamado a realizar y para la que estás dispuesto a dar tu tiempo, tus esfuerzos y buena parte de tu vida. Si esa inclinación a dar una vida y cuidar de ella no se siente con fuerza, no tiene caso tratar de adoptarla. Creer que una mujer debe ser madre por el simple hecho de que su cuerpo es apto para embarazarse es como pensar que cualquier persona debería ser atleta profesional sólo porque su cuerpo puede moverse, saltar o correr.

Ahora bien, como toda vocación, la maternidad y la paternidad requieren de preparación y entrenamiento para desarrollarse adecuadamente. Para quien ya decidió ser médico, por ejemplo, no basta con tener una inclinación natural para cuidar a las personas o una facilidad increíble para memorizar conceptos y términos; es necesario que la persona reciba la formación universitaria indicada, haga estudios de posgrado, pase por los periodos de residencia y prácticas, y actualice sus conocimientos mediante diplomados médicos en línea, para que su ejercicio profesional realmente logre los objetivos que se propone y ayude a las personas.

Si exigimos tanta formación a un médico, porque de su labor dependen la salud, la integridad y la vida de los pacientes en un momento determinado, cuánto más no habríamos de pedir a una madre o un padre, quienes son responsables de mantener la vida que han hecho surgir y de darle las herramientas que necesita para convertirse en un ser humano autónomo.

Si creen que exagero, consideren lo que se pide a los adultos que quieren adoptar un niño. En países como el nuestro se les exige incluso estar legalmente casados, algo que por sí mismo no es una garantía de ser apto para la paternidad. Se investiga también su situación financiera y laboral, su formación, su comportamiento como vecinos, trabajadores y ciudadanos. En suma, se les somete a una prueba exhaustiva para medir sus capacidades y aptitudes en el cuidado infantil.

Se pensaría que hacer lo mismo con todo el que deseara ser padre o madre, sería un atentado a sus derechos elementales. Pero aunque ninguna autoridad pudiera llevar a cabo tal estudio, nosotros, como adultos responsables, deberíamos auto evaluarnos. Sólo al estar seguros de nuestra disposición y capacidades para proteger, orientar y dejar florecer una vida, deberíamos considerar la posibilidad de ser madres o padres.

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