La vida de los objetos

Ayer salí de la oficina más tarde de lo normal, debido a que la presentación de un nuevo proyecto editorial se prolongó más de lo esperado.

Cuando llegué a casa, después de sortear los embotellamientos y el tránsito habituales de un jueves, las calles se encontraban mucho más solas de lo habitual, o así me lo parecieron, debido a mi falta de familiaridad con las vistas nocturnas. Fue por eso que la imagen del objeto abandonado resultó mucho más llamativa ante mis ojos.

Se trataba de un sofá, nada deteriorado, pero a todas luces antiguo. Seguro en su momento fue un objeto muy disputado en una venta de sofás, pues su diseño y color eran muy especiales. Además, el hecho de que aún conservara una buena apariencia y, sobre todo, que mantuviera su funcionalidad, indican que se trata de una pieza durable.

No obstante, ahora yacía ahí, abandonado en una calle solitaria y oscura, junto con otros artículos que la gente desecha, sea porque ya cumplieron con su vida útil o porque simplemente ya no los quieren en sus hogares.

Sin duda la visión de una esquina atiborrada con bolsas de basura y con un sillón, para rematar, da pie a numerosas reflexiones acerca de la educación cívica y la conciencia ambiental de las personas. Sin embargo, admito que esto no fue lo primero en lo que pensé.

Lo que vino a mi mente es la idea en la cual se inspira el título de este post; ¿cómo transcurre la vida de los objetos? Y, especialmente, ¿cómo es esa vida después de que los propietarios dejamos de considerarla “útil”?

Un sofá que probablemente tuvo cabida en una sala amplia (lo asumí debido al tamaño del mueble), quizá en el hogar de una familia que gustaba reunirse y celebrar toda clase de acontecimientos, ahora estaba frente a un futuro incierto.

En el mejor de los casos, quizá será recolectado por alguien que lo necesite o que lo aprecie como un artículo vintage. También podría ocurrir lo que, de hecho, ya sucedió en una calle cercana; que una de tantas personas sin hogar, cuyas vidas, al parecer, también han dejado de ser “útiles” para sus semejantes, lo tome como un espacio cálido y acogedor para dormir. O quizás se convierta en refugio para las varias familias de gatos que ya pueblan los callejones aledaños; seres que ahora se ven obligados a buscar y aprovechar este tipo de objetos abandonados, a causa de haber sido, ellos mismos, víctimas de otros abandonos.

Sí, puede ser extraño sentir una especie de “compasión” por un sofá abandonado a su suerte en una calle oscura. Pero quizá esa mezcla de nostalgia y melancolía que sentí al verlo no fue dirigida hacia el objeto, sino a esos vínculos de anhelo o dependencia que tendemos a establecer con ellos, para luego transformarlos por sentimientos de indiferencia y abandono.

Esta mañana, cuando salí de casa, el sofá aún seguía ahí, mientras las bolsas de basura y otros objetos olvidados, más pequeños, ya habían sido recogidos. Esperaremos a ver cómo le pinta el día.

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